LA LENTE DE STENDHAL
O el astigmatismo sentimental
¿Cuándo empecé a ver más de lo que había? Nunca lo supe exactamente. No fue el día en el que conocí a Manuel -los comienzos rara vez se dejan atrapar-, sino un poco después, cuando su figura empezó a instalarse en mi cabeza con la inquietud de las cosas que aún no son obsesivas, pero han dejado de ser inocentes. Stendhal habría llamado a esto “cristalización”; yo, en cambio, empecé a sentirlo como la apertura de una línea de crédito sin conocer el interés.
Miraba a Manuel como quien enfoca una fotografía antigua: los bordes y las sombras insinuaban movimiento. Había algo precioso en ese temblor, aunque empezaba a sospechar que no procedía de él, sino del esfuerzo de mi propia mirada. No era la primera vez que jugaba con la luz. Recordé vagamente a alguien acusándome de vivir en una versión bien iluminada de mí misma. Entonces no entendí el coste.
“Al cabo de cierto tiempo de pasión, todo en el ser amado se vuelve diamante”, escribió Stendhal. Nunca explicó quién paga ese diamante. Yo iba anotando gastos invisibles: cada silencio, una pérdida.
Si alguien me hubiera preguntado entonces, habría balbuceado un “me gusta”. Qué palabra tan tonta para lo que se abría en mi pecho: una alteración simultánea del pulso y del sentido. No era amor todavía, era óptica o, quizá, simplemente astigmatismo sentimental. Citar a autores franceses del siglo XIX para justificar que un tío no te contesta a los mensajes es la forma más elegante que encontré de hacer el ridículo. El deseo elegía el encuadre y yo me entrenaba, sin saberlo, en la gimnasia de la idealización. Al final del día, tenía los hombros tan tensos que podría haber partido nueces con los trapecios. Stendhal hablaba de diamantes, pero no mencionó las contracturas cervicales de sostener una ilusión que pesa tanto. Mi imaginación trabajaba horas extra y mi realidad asumía el sobrecoste.
Recuerdo una tarde concreta. Manuel estaba de pie frente al ventanal, de espaldas, con la frente apoyada en el cristal y la mirada perdida en la calle. El contraluz recortaba su silueta con una gravedad casi cinematográfica. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, convencida de que transitaba una melancolía existencial, un abismo interior al que yo anhelaba asomarme. Le atribuí una tormenta perfecta, una de esas tristezas complejas que sólo parecen tener los hombres profundos.
Entonces el teléfono le vibró en el bolsillo. Se giró, rompiendo el encuadre místico, y soltó con fastidio:
-El de Amazon, que se ha vuelto a perder con los paquetes.
Manuela, que desde Italia desconfiaba de casi todos los vuelos, era mi cable a tierra, aunque a veces la ignorara. Me enviaba mensajes a deshoras: “¿Vienes a cenar o sigues esperando señales de humo?”. O, cuando yo justificaba otra demora de Manuel: “Claro, claro. Una intensidad que no cabe en un mensaje. Ni en una llamada de dos minutos”. Eran pequeños pinchazos de realidad; esquirlas en mi burbuja.
Fue Manuela quien pinchó la superficie en persona, con una aguja invisible. Ocurrió cuando le enseñé el teléfono: yo le había enviado un audio de tres minutos reflexionando sobre “la ontología de la espera” y él había respondido, cinco horas después, con un sticker de un perro con gafas de sol y un: “¿Pizza o chino?”.
Abrí el mensaje y me reí del sticker. Un segundo más tarde, noté un pequeño vacío en el estómago: ningún diamante responde con un perro con gafas de sol. Aun así, contesté: “¿Chino?” y un emoticono de beso con corazón.
-¡Ese hombre no es complicado! Es básico, y se va a ir -dijo Manuela mientras pedía otra ronda-. Si fuera un electrodoméstico, sería una tostadora: tiene dos funciones y tú estás esperando que te ponga una lavadora. Créeme, sé distinguir un electrodoméstico de gama baja.
Sentí el comentario como se siente el frío al entrar en el agua. Ajusté la sonrisa antes de responder:
-¡No lo entiendes! Tiene una sensibilidad especial.
Manuela observó el vaso vacío sobre la mesa.
-Reconozco ese brillo. El mío empezó con dos billetes y sólo uno de vuelta. No siempre fui una experta en electrodomésticos -confesó con una sonrisa amarga-. Yo también intenté lavar mi ropa en una tostadora y acabé pagando el sobrecoste del incendio.
No pregunté nada. Su manera de decirlo lo resumía todo.
Durante semanas entrené mi pensamiento para la acrobacia. Cuando Manuel tardaba en responder, primero llegaba el pequeño desgarro; después, la interpretación: estará viviendo algo intenso. Algo que no cabe en un mensaje. Aprendí a comentarme esas versiones con una disciplina casi física. Cada excusa, cada relato, ampliaba el descubierto de mi cuenta corriente interior. El cansancio se iba depositando sin ruido, como el polvo que sólo se advierte al pasar el dedo.
Mientras mi mente calculaba nuevos créditos de esperanza, Manuela, que siempre auditaba mis desastres, me escribió: “Amiga, esto es una estafa piramidal. Tú pones toda la energía y él se lleva los beneficios sin poner un euro”. O simplemente enviaba la foto de una copa de vino con la leyenda “aquí hay esperas que saben a vino blanco y a una terraza con vistas al Panteón”.
La escena decisiva fue insignificante. Dejé el teléfono boca arriba sobre la mesa y, cada pocos minutos, lo giraba levemente, como si el movimiento pudiera convocar la pantalla. En una de esas rotaciones, la pantalla negra no era un espejo, era una lente inversa, una que en lugar de añadir brillo lo absorbía todo devolviéndome la imagen del coste real de la luz que yo proyectaba sobre él. No vi a la musa romántica de Stendhal, sino a una mujer despeinada y con esa cara de susto de quien lleva demasiadas horas en números rojos. Mi amor propio estaba tan despeinado como yo.
Esperé hasta que, sin transición perceptible, dejé de hacerlo. Sentí la lente aflojarse. No fue que se cayera al suelo y se rompiera, simplemente dejó de estar pegada.
La imagen perdió su brillo y apareció lo que siempre había estado allí: un hombre -ni promesa ni ruina- sentado frente a su vida, hecha, deshecha, intentando volver a hacerse, tan concreta como la mía. Nadie enseña a soltar un diamante sin que duela, ni a sanear la cuenta después del desastre.
Caminaba con Manuela cuando se lo dije:
-¡Es extraño! Nada cambió y, sin embargo…
-Has cambiado tú. Sale más barato.
Nos reímos al calcular la energía que puede consumir una idealización.
-La factura siempre llega -añadió-. Y casi siempre viene a tu nombre.
Yo ya desconfío bastante de los aumentos. Cuando imaginación empieza a trabajar horas extra… la realidad se vuelve más cara.
Aprendí a detectar el brillo sospechoso; cuando aparece, parpadeo.
Pienso que la lente no se va; únicamente cambia de forma. Ahora es sólo una pantalla negra en mi bolso, siempre lista para recordarme cómo me veo cuando espero demasiado.
Con el tiempo, también recordé que hubo quien me miró a través de una lente.
“Me das tanta paz...”, murmuró una vez, el mismo día en el que yo era puro temblor por dentro.
Yo sonreí, y no lo corregí.
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Para quien alguna vez confundió una tostadora con un diamante: gracias por leer.



Fan de lo de meter la ropa en la tostadora. Es increíble cómo a veces no vemos evidencias terribles y, otras, nos perdemos en falsos escenarios cuando las cosas van bien.
Qué maravilla esta historia para un día como hoy.