SATURNO EN ARIES
Anatomía de una grieta
Me despierto a las 5:17 con la sensación inequívoca de que alguien ha movido la ciudad durante la noche, apenas unos centímetros, lo suficiente para la distancia entre la cama y el armario ya no coincida del todo con la memoria del cuerpo. El mundo se ha reajustado sin consultarme y me obliga a reaprender el equilibrio antes incluso de poner los pies en el suelo.
Arriba, los vecinos hacen el amor con la misma intensidad con la que discuten durante el día y, cuando terminan, arrastran muebles obedeciendo a un plan más amplio, colaborando en esa traslación general que hoy se atribuye a Saturno entrando en Aries y que en redes se vive como una coartada colectiva para empezar algo, cualquier cosa, aunque nadie tenga muy claro el qué.
Preparo café y me lo sirvo sin leche, sin azúcar, sin nada que pueda interpretarse como caloría o pecado; el ayuno me da la ilusión de limpieza moral, de haber comenzado el día sin deberle nada a nadie, y me gusta pensar que antes de las once soy una persona invulnerable, aunque a las once y once esa independencia ya empiece a negociar condiciones. Al coger la taza, calculo mal la distancia y derramo la mitad.
En redes, mientras me tomo el café sin nada, miro a una mujer que explica cómo sobrevivir al tránsito planetario con mascarilla de pepino y afirmaciones de autoestima. Baila bajo un aro de luz y dice que el universo no espera a los indecisos. Tiene millones de seguidores y los comentarios se acumulan con agradecimientos fervorosos y confesiones íntimas como: “ayer dejé a mi novio y adopté una lagartija. Gracias, reina”. Siempre me conmueve la velocidad con la que alguien puede abandonar a un hombre y comprometerse con un reptil.
Yo atiendo a quienes no adoptan nada. A quienes, en un momento de honestidad involuntaria, tiran las cosas por la ventana.
Santiago llega tarde, con la ceja abierta y la historia de una maceta que, según él, cayó sola después de que decidiera cuidar una planta.
- Quise comprometerme con una planta -dice-. Pensé que sería fácil. Sólo agua. Pero al tercer día sentí que me estaba esperando y me agobié.
Mientras habla, veo que una grieta fina aparece junto al marco de la puerta. No estaba ahí ayer. Es pequeña, pero algo me dice que es sólo el principio.
- La tiré por la ventana- corrige.
No parece violento. Parece asustado ante la posibilidad de que algo lo necesite mañana.
Le pregunto por qué la planta le dio miedo y no responde. Mira al suelo como si estuviera comprobando que todavía pisa firme.
Trago saliva y me pregunto fugazmente si con mi ex yo fui la planta o lo fue él o… quien huyó. Mientras lo escucho me recuerdo ayer estando demasiado tiempo frente a dos marcas de pasta de dientes. Pensé en llamarle para preguntarle cuál comprábamos nosotros, no era la pasta, era ese nosotros que se desliza incluso en los pasillos del supermercado. No llamé, pero sentí en ese momento que el suelo también dudaba.
-¿Tú crees en lo de los planetas? -me pregunta.
Tardo en responder.
Quiero decirle que no, que lo que creo es que hay días en los que el mundo se mueve y uno se agarra a cualquier nombre para no admitir que también se está moviendo por dentro, pero me quedo en algo más profesional.
-Creo que hay fuerzas que nos empujan cuando no sabemos empujarnos solos. Una idea de cómo hay que vivir. El problema es que casi nadie la revisa.
-¿Y la mía cuál es?
- La de que todo sea fácil y que no te pueda nada.
No protesta.
- ¿Y eso es malo?
- Es práctico –digo-. Hasta que no lo es.
Se queda en silencio. Se toca la ceja partida. Asiente como quien recibe un diagnóstico médico que no puede discutir.
Cuando se va, la grieta junto a la puerta ya es un poco más larga. No se oye ningún crujido. Las cosas importantes casi siempre llegan en silencio.
A las once entra A. Reina y tardo apenas un segundo en reconocerla sin filtro, sin pepino ni música, con el aro de luz plegado bajo el brazo como una extensión portátil de su propio sistema nervioso; lo despliega con naturalidad, aclara que no grabará la sesión, sino que se siente más segura conversando con una luz favorecedora. Me habla de una barra de maquillaje coreana que debo probar, mientras la consulta pierde sombras y adquiere esa nitidez que le cierra los poros, pero deja al descubierto el cansancio.
Me cuenta la angustia que le entra cuando no publica, la sensación física de desvanecerse si nadie le da al corazón, le comenta y lo hace serena. Mientras la escucho, me sorprendo preguntándome cómo me vería yo bajo esa luz y si, en el fondo, no hay una parte de mí que también preferiría una iluminación que simplificara los contornos. Me inclino, el halo blanco me roza los ojos y me produce un vértigo repentino.
- Cuando paro, me entra angustia -dice-. Así que no paro. Grabo todo, lo publico y propongo retos. Cuando no lo hago, siento que nadie me recuerda.
- ¿Y cuánto tarda el mundo en olvidarte? - pregunto.
Parpadea.
- No lo sé.
- ¿Un día? ¿Una hora? ¿Un martes?
Se queda quieta.
- Si hoy no publico nada, pierdo alcance.
- ¿Y qué es lo peor que pasa si el mundo se olvida de ti un martes? - pregunto.
Silencio.
- En realidad, nada.
La palabra cae sin más. Nada.
Cuando me quedo sola, miro el móvil y compruebo que no ha publicado desde hace tres horas, lo que en su mundo equivale a una ausencia preocupante; los comentarios preguntan si está bien, si le ha pasado algo, si Saturno está siendo demasiado severo, y me descubro tentada de comentar algo tranquilizador, pero no lo hago y apago el móvil.
La grieta junto a la puerta ha avanzado lo suficiente como para que el marco no encaje del todo. No es exagerada, es peor. Es casi imperceptible, como esos cambios de carácter que nadie detecta hasta que ya es tarde.
Intento cerrar la puerta, pero no ajusta, así que empujo un poco más y cede con resistencia. Me sorprende la facilidad con la que uno puede acostumbrarse a forzar lo que ya no encaja.
Me quedo mirándola.
He pasado la mañana escuchando a un hombre al que le asusta que algo lo espere, y a una mujer a la que le aterra que nadie la espere. Ambos convencidos de que el problema es exterior, que el planeta correcto, la persona correcta o la fórmula correcta podrían ordenarles la vida. Yo les he hablado de ideas, de creencias, de mecanismos de defensa. He usado palabras limpias.
La grieta no tiene palabras limpias.
Paso el dedo por la línea abierta y el yeso se deshace sin resistencia. Pienso que eso es lo verdaderamente inquietante, la facilidad con la que algo firme se convierte en polvo cuando se lo presiona un poco.
No pienso en Saturno, es otra cosa.
Vuelvo a mi mesa y abro el móvil. Una notificación de A. Reina de su publicación de hace cuatro minutos: una foto llorando, la luz perfectamente colocada, el texto habla de vulnerabilidad y crecimiento. Los comentarios se multiplican. “Qué valiente.” “Gracias por compartir.” “Saturno te está limpiando.”
Sonrío y no es superioridad, sólo reconocimiento.
Abro el chat de mi ex. No escribo nada, pero tampoco salgo. Me quedo mirando el cuadro de texto vacío como si fuera una puerta que todavía encaja.
La grieta vuelve a crecer un centímetro, apenas nada. El yeso cae otra vez, esta vez solo, sin que lo toque. El suelo no se ha movido.
Soy yo… quien tarda un segundo más en reconocer la distancia.



Leí este relato casi junto con el de Stendhal, y teniendo todavía fresco el de la trastienda del circo. Me di cuenta que más allá de las metáforas construidas con cuidado, la precisión para retratar estados emocionales y el humor bien dosificado, lo que me gusta es la forma de cuestionar o poner la lupa en los cuentos que nos contamos a nosotros mismos. Pero sin victimizarse ni ofrecer consejos o moralejas, sino desde un lugar de reconocimiento, de hacerse cargo.
Sublime, muy muy chulo, amiga ❤️😘